jueves, 7 de marzo de 2013

La biología y sus injusticias o Chávez y una muerte altruista

Lo que le pasó a Hugo no le pasa a Honduras, no le pasa a Chile ni tampoco a Colombia. Le pasa a Venezuela, justo a Venezuela, corazón del cambio de paradigma que viven y sienten los pueblos latinoamericanos desde la asunción de Chávez en 1998. Le pasa a Hugo, figura indiscutible del despertar de la Patria Grande.

Le pasa también a Brasil, potencia en la región, primero a Lula y luego a Dilma, ambos afectados y desafiados por la misma enfermedad que el Comandante, por la misma azarosa biología. Le pasa a Paraguay, país dueño de la triple frontera, con Lugo y la misma afección. Más cerca, le pasó a Néstor, con el mismo triste final que el líder bolivariano, aunque en su caso fue el corazón el que no aguantó más, el corazón que de grande explotó, y dijo basta a una edad temprana. Le pasa, en suma, a los imprescindibles. A quienes, a pesar de no pocas e importantes diferencias ideológicas, obviémoslas por un segundo, integran un mismo bando político: el de la construcción de la unión latinoamericana y del rechazo a la concepción de Sudamérica como patio trasero del Imperio. Curiosamente –o no–, lo que le pasó a Hugo y a los presidentes mencionados no le pasa a los dictadores: ni a Pinochet en Chile, ni a Batista en Cuba, ni a Stroessner en Paraguay, ni a Videla acá… Le pasa a Hugo.

Y así la pregunta por la biología y sus razones surge inevitable: ¿por qué justo a Hugo, por qué justo en este momento (aunque ningún otro pudiera haber sido menos doloroso)? ¿Será la responsabilidad de ser líder; el peso y la carga del destino de un pueblo? ¿Será el resultado de tanta lucha, el resultado de toda una vida entregada a dar pelea, a dar batalla contra el enemigo? ¿O será el amor, el profundo amor por el continente entero y su pueblo; el ser capaz de sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera y en cualquier parte del mundo? Hay un tema inédito de Silvio Rodríguez que dice: "Sé que todas las palabras con que le canto a la vida vienen con muerte también. Sé que el pasado me odia y que no va a perdonarme mi amor con el porvenir...". ¿Podrá estar allí la revancha de la biología?

En la enumeración la hipótesis paranoica se presenta, una más entre el montón, pero necesaria: ¿será el imperio, con sus artimañas? Lo advirtió el Che alguna vez: “Al Imperio no hay que creerle ni un tantico así” y vaya si tendrá razón. Cómo no preguntárselo si ya sucedieron los cientos de intentos de asesinato contra Fidel, iniciador de nuestras luchas, los cientos de bombardeos a la Isla. Y más recientemente: los fallidos intentos de Golpe contra la Revolución Bolivariana, los experimentos más mediáticos –pero no menos efectivos– del Puente Llaguno en 2002, lo sucedido en Honduras y Paraguay.

Lo único cierto es que es que el Comandante forma parte de la afortunada lista de aquellos que no se pertenecen, que viven en el pueblo y sus banderas por décadas y siglos, una lista inmensamente valorada, si lo sabremos acá donde muchos nacimos y fuimos construidos en el más absoluto individualismo y neoliberalismo. ¿Puede ser la razón de la biología su absoluto altruismo, su incondicional impersonalidad? ¿Su ser para otros? ¿Puede encontrar ahí su fundamento? “Yo no me pertenezco”, dijo Hugo Chávez Frías en 2009, puta si será cierto.

No es la primera vez que la biología se presenta esquiva. En Argentina conocemos bien el cáncer y quienes lo festejan. “Viva el cáncer”, escribieron alguna vez en una pared de Buenos Aires festejando la muerte de Evita, que moría con tan solo 33 años. Casualidad o no, “que viva Eva Perón, que viva la Patria, que viva el Che, carajo”, fue como se presentó el Comandante en la contra cumbre de 2005 en Mar del Plata, quizás buscando integrar las distintas corrientes de izquierda presentes en nuestro país, quizás interpretándolas.

Le tocó al Hugo, entonces. Al Hugo que distante en Venezuela siempre estuvo cerca. Que estuvo al lado de Diego, de nuestro Diego, que estuvo al lado de Néstor, "Néstor D’Artagnan Kirchner", según lo apodó con cariño en aquella cumbre, cuando dieron entierro al ALCA y lo mandaron alca alca al carajo, cono inmortalizó Chávez en esos tiempos.

Empezó solo, bien solo, algunos sospechaban si era verdad: ¿podía existir un militar socialista? Después tuvo compañía (Evo, Correa, Lula, Lugo, Néstor, entre varios) y pudo hacerse líder, decir con precisión todo lo que otros callaban. Diferencias ideológicas abismales lo separaban y separaron con sus pares, pero el enemigo, sabía, era uno sólo y estaba en el Norte, allá arriba. Allí estaba el Diablo. Mr Deinger.

Es que fue el único que después de Fidel tuvo la claridad y la valentía para decirlo todo, para clarificar procesos y personajes. Digo: para decirlo todo de frente y a los poderosos, sin vueltas ni pudores ni miramientos. La introducción en el lenguaje de una nueva palabra, de un nuevo concepto, se presenta como una síntesis de su inmensa tarea: el Socialismo del Siglo Veintiuno, que resume la necesidad de avanzar hacia el socialismo genuinamente, sin definiciones dogmáticas ni recetas, con tan sólo –lo que no quiere decir poco– el anhelo de una sociedad más justa. La necesidad, en fin, de crear algo nuevo.

Hugo no daba vueltas: no hay tintas medias, no hay tercera vía, se trata del “socialismo o la barbarie”. Se trata, nuevamente, de una vieja y simple dicotomía por momentos olvidada y enterrada: “Capitalismo o muerte”. 

Y así se fue, injustamente, un Chávez que reconocía en Perón uno de los grandes líderes de Latinoamérica y una raíz poderosa en la lucha contra el imperialismo, aunque sabía, ¡vaya si lo sabía!, este último no hablaba de la construcción de ningún socialismo ni lo pretendía pero hasta allí iba para hallar las raíces y desenterrarlas de a poco. 

A diferencia del líder peronista, Chávez se fue por la puerta grande, se fue y dejó a su pueblo con un proyecto, con un modelo y un rumbo preciso, con un socialismo que profundizar: “Si algo ocurriera, mi opinión firme y plena, irrevocable, absoluta, total, es que ustedes elijan a Nicolás Maduro como presidente de la República Bolivariana”. Perón, nuestro Perón, en cambio y en el 74, cuando tuvo que elegir un sucesor, sólo dijo: “Mi único heredero es el pueblo” y nos dejó a Isabelita en el poder y a López Rega actuando entre las sombras.


lunes, 4 de marzo de 2013

El viejo de la estación

Todos los días él se levanta, se pone los zapatos negros, pantalón de vestir y camisa y camina hasta la estación. Meticulosamente, ocupa el mismo lugar en la sala de espera de los colectivos. El mismo asiento, el mismo sitio: el quinto de la primera fila. Verde. Allí pasa todo el día, observando fijamente las pantallas donde figuran los arribas y las partidas, las horas y los segundos. El mismo televisor cotidianamente observa. Uno de los tres de la sala. El mundo entero, personas y pasajeros, se mueve a su alrededor, la vida misma transcurre, días y años, mientras él permanece inmóvil, fija su mirada. Los números le interesan. Parece ser lo único que tiene sentido para él. Números y distancias, horarios y llegadas tarde. No hay trayecto que no sepa, itinerario que no conozca. El frenesí y la abstracción de su mirada exteriorizan su esfuerzo por abarcarlo todo, por memorizar cada uno de esos detalles. ¿Por encontrar la regla, la norma? El viejo piensa que detrás de las cifras y letras que se renuevan hay un mensaje, un código que sólo él nota y puede descifrar. Una regla, una norma, no sabe bien qué, pero espera encontrar lo que allí se esconde; encontrar una regularidad que signifique algo, que le signifique algo. Un coche que desaparece, un conductor que cambia, un colectivo que se retrasa o no llega, diez, quince minutos, horas... Todas preguntas que no puede resolver. Muecas extrañas y frases inteligibles expresan su intento de darle coherencia a lo aleatorio, de hallar una extraña razón donde parece no haberla.

lunes, 25 de febrero de 2013

De corvinas y pejerreyes


Rafael: "Son monstruos del océano, esa es la verdad,
pero los necesitamos. Todavía el agua no está contaminada"
Pablo: "En una tarde el otro día saqué 18 pescados, hoy ninguno.
Pero hay que tener paciencia, nada más que paciencia"







Daniel: "La verdad verdad no sale nada, pero decime,
¿qué mejor que pasar una tarde acá, al lado del mar?"

Escollera de  Montevideo, Uruguay

sábado, 23 de febrero de 2013

Minorías

(traído de acá, dos o tres años atrás)

Cuando el travesti me gritó "Papi, te hago de todo" me quedé perplejo. Ni siquiera me di vuelta. Continué mi compra en el chino y por un momento me olvidé si había venido a comprar leche, manteca o café. La señorita no insistió con palabras, pero relojeó sin estupor cuando pasó a mi lado, apretaditos los dos en la góndola de lácteos. La señorita se llevaba el mundo por delante y no tenía gracia al caminar, sino una espalda importante y unos tacos que la hacían casi de dos metros. 

Otro día, esa misma chica que vivía en frente del super chino, jugó una segunda estrategia y dijo, con un tono que intentaba ser sensual y a la vez cómico: "Por 10 la podemos pasar bien". 10 eran 10 pesos y yo estaba pagando y ella detrás, en la fila. Recordé la anterior situación y esta vez voltié y le sonreí. Y creo que se puso contenta, porque ya nunca más me dijo nada ni me fulminó con su mirada.

Quizá era solo eso: superar esa ignorancia atroz y terrible; esas miradas que se esconden y pretenden hacer ojos ciegos de lo distinto que hay al rededor. "Mirame, hice de mí esto, no tengo problema en decirlo y menos en tener voz de Cacho y piernas de jugador de fútbol", quizá quiso decir. "Mirame, y sabete esto: las minorías existen", y están a la vuelta de tu casa.

domingo, 17 de febrero de 2013

Respuesta bajón

(En respuesta a Respuesta de un amigo sereno)

Querido Rober, el mejor de los consejeros:

Después de tantas idas y vueltas, Martita ya dejó de ser lo que era.

Dejó de ser esa planta esbelta, verde bien verde, que crecía locamente en busca del cielo. Ahora, debo decirlo, el loco soy yo. Y mis amigos.

Y de eso no me quejo, claramente. Sin embargo, siento un vacío, una especie de soledad sin Martita. Ya no me despierto todos los días pensando en ella, ya no me despierto y la veo, contenta y creciendo en el patio, a través de los grandes ventanales que supongo recordarás -sí, esos que rompíamos jugando al fútbol y astillábamos sin piedad pelotazo tras pelotazo, ¡cómo no acordarse de los insultos de mi vieja!-. Ya no me despierto y pienso en que debo cuidarla y quizás ponerle un palito al lado que le diga cuál es el camino correcto. En que debo regarla cuando note tristes sus hojas, secas sus raíces. No, nada de eso. Ahora me levanto tarde, a veces medio manija, a veces medio fisura y eso es todo. Martita aunque la busque no está afuera en el jardín. Está en un cajón, escondida y triste en la oscuridad y, bueno, obviamente muerta. Sin vida.

Sí, sé que me vas a reprochar cierta histeriquez (¿acaso no es esto lo que quería? me dirás con algo de razón), pero es lo que me pasa. De alguna extraña manera, la extraño. Ahora que no está, la quiero; la necesito.

Cuando veo el tarro en que ahora está toda comprimida, al vacío y tapada, quemada, seca y sin vida, me pregunto si es que no fui un egoísta, si es que no pensé sólo en mí mismo; Martita también era feliz, Martita me regalaba su olor, color y belleza sin pedir nada a cambio; me daba mucho. Demasiado.

Martita, acaso a veces pienso, se merecía otro final...

Y ahora, debo decirte, estoy re loco. Así que me voy a comer algo y te escribiré en otro momento. No sé cómo puedo quedarme escribiendo sobre Martita y su ser ahora que no está, es como si ella ha sabido y logrado avanzar en todas mis dimensiones, ocupar todos mis espacios mentales. No sé cómo pudo haber pasado, pero está sucediendo, Migue, está sucediendo y el desenlace es incierto.

Totalmente incierto.

Además me cuesta armar estas oraciones y a veces dudo si lo que escribo está bien, si lo que escribo está mal, a veces dudo si mandártelo, si siquiera decírtelo. O es que no hay bien ni hay mal, me correrás por izquierda.

O peor: me cuelgo con la ventana, las estrellas y el mañana. Terrible, Rober, terrible. Te extraño a vos también Rober, esa es la verdad. A vos y a los pibes.

Espero con ansias tu respuesta. Y venite cuando quieras.

A Martita -a esta Martita- podemos compartirla.

Por siempre, Migue.

martes, 5 de febrero de 2013

Isidro Velázquez, el bandolerismo y las formas pre-revolucionarias

Imágen del documental "El último sapucai"

¿Cómo interpretar sociológica y políticamente la figura de un bandolero social? ¿Cómo interpretar  socialmente el enfrentamiento de un sólo individuo con toda la institución policial de una provincia del interior y la supervivencia de aquel durante siete largos años? ¿Cómo su desafío a las autoridades y cómo la solidaridad que logra despertar en los sectores populares y rurales y que logra mantenerlo vivo? ¿Es Isidro Vélazquez sólo un campesino rebelde o es algo más? ¿Qué, para el caso?

Nadie sabe a ciencia cierta por qué Velázquez comenzó a ser perseguido por la justicia, lo único indiscutible es que en 1961 es detenido en Chaco y meses después logra fugarse de la comisaría. A partir de allí y con sus 32 años, "este correntino comienza una vida fuera de la ley y durante más de seis años tiene en jaque a toda la policía provincial".

Sin embargo, no importa tanto qué es lo que hicieron Velázquez y su compañero Gauna para desentrañar su figura, sino en lo que aquel se convirtió: "El origen de la violencia policial desatada contra Velázquez es oscuro".

Antes y después, muchos otros en la misma situación. Hobsbawn, en Rebeldes Primitivos, sostiene que el origen de un bandolero es casi siempre una injusticia o una agresión personal a un campesino: "El Estado se interesa por un campesino debido a alguna pequeña infracción de la ley, y éste se echa al campo porque no sabe lo que hará con él un sistema que ni conoce a los campesinos ni los entiende y al que los campesinos no entienden tampoco".

Es el caso de Isidro.

La rápida popularidad en los estratos más pobres de la población hizo de Vélazquez algo más que un delincuente común. Para las masas rurales que lo apoyaron y le dieron escondite, este bandolero capaz de evadir la ley, fue una especie de héroe popular, incluso portador de poderes mágicos (dicen, afirman, que su mirada paralizaba, que su pañuelo de cuatro puntas le indicaba de dónde vendría la patrulla, que su sapucai inmovilizaba y quién sabe cuántas cosas más).


Así, Velázquez fue sujeto de canciones y chamarritas. Él expresaba en acciones lo que muchos sentían pasivamente. ¿Cómo no identificarse con aquel perseguido por la policía, la institución encargada de mantener el orden colonial, el orden que los oprime y explota cotidiana y brutalmente?

El libro mencionado
A través de su libro Isidro Velázquez, Formas prerevolucionarias de la violencia, el sociólogo Roberto Carri busca recuperar su figura a un año de su muerte (el libro fue publicado en 1968) y cuestionar algunos términos y conceptos. "A los Velázquez, igual que a los que en la historia fueron derrotados por la oligarquía, se los observa con simpatía pero se los subestima en cuanto a su capacidad real. Son el pasado y la revolución no pasa por ellos, ni por ellas. Creo que ese planteo es fundamentalmente equivocado", escribe en el prólogo del libro de unas pocas páginas pero que parecieran ser cientas.

En un contexto político agitado, donde la Revolución no era sólo posible en América Latina sino esperable, se trataba de reivindicar una figura que como otras era -¿y es?- vista como primitiva por la academia pero también, y quizás esta es su mayor ruptura, por el sentido común, que a veces puede ser el menos común de los sentidos: "¿No son los delincuentes, en su particular desconocimiento de la ley, los verdaderos políticos de la reformulación social?", se pregunta. Carri, en cambio, ve en este bandolero la rebeldía más pura y genuina. ¿Cómo no detener la mirada allí? ¿Cómo no hacerlo para quienes tienen una verdadera perspectiva crítica y transformadora?

Aún con todas sus limitaciones, y "aunque frente al moderno imperialismo estas rebeliones estén destinadas a fracasar, no pueden ser desmerecidas en su contenido y mucho menos ignoradas por los modernos políticos interesados en cambiar el orden de las cosas", Isidro no importa cómo despierta la solidaridad popular, es ayudado y sus hazañas contadas y festejadas por los trabajadores rurales: "Al rechazar la rígida e inmutable sumisión del nativo concita inmediatamente toda la simpatía popular".

Como Robin Hood, Velázquez retribuye esa solidaridad con dinero y las recompensas ofrecidas por la Sociedad Rural del Chaco y el gobierno provincial resultan inútiles. Al pegar los carteles pidiendo por su entrega, al otro día amanecen cortados o con nuevas insignias: "Velázquez no será entregado". Esa es la proclama. El motivo de su leyenda, el apoyo que concita.

Desprecio y desconocimiento a la legalidad, dos cosas que lo unen con el pueblo.

Volvamos: Carri a sus 28 años y crítico de lo que él denomina como bandolerismo sociológico, así como de las corrientes que poco sirven para interpretar la realidad nacional, rechaza el evolucionismo histórico "calcado de Europa y los Estados Unidos, que hace aparecer como primitivas o prepolíticas a las clases que justamente por ser las más explotadas por el neoimperialismo son las más modernas, las más avanzadas, las únicas para las cuales la superación del sistema imperialista es un problema vital".

Herbert Marcuse, de la escuela de Frankfourt, autor de entre otras obras "El Hombre Unidimensional", había dicho que ya no era el proletariado industrial quien debía encabezar la Revolución: aquel había sido integrado al sistema y ahora tiene mucho más que perder, no sólo sus cadenas. Así, Carri acompaña este planteo y dirige la mirada en el proletariado total, de los cuales Velázquez aparece casi como un fiel representante.

Centrándose en Isidro pero queriendo hablar de los tantos bandoleros anónimos, Carri busca reivindicarlos: Isidro Velázquez, reconoce, no fue un revolucionario, pero sí un rebelde, y no uno primitivo, rechazando la categoría de Hobsbawn y criticándole su mirada peyorativa y racionalista sobre estos bandoleros sociales. Si bien comparte con este último autor mucho de sus argumentos, enfatiza una ruptura; si bien coinciden en las limitaciones obvias de un bandolero (su absoluto individualismo, su vulnerabilidad ante una persecución sistemática, en fin, su aislamiento), allí donde Hobsbawn ve salvajismo, Roberto Carri ve grandeza: "...porque expresa que, de la sociedad oficial y sus políticos el pueblo no puede, y siente que no puede, esperar nada".

Para repetir: como dice el título: formas pre-revolucionarias, pero no primitivas.

Ni salvajes.

Ni pre-políticas.

La esperanza de cambio hay que encontrarla, parece seguir a Marcuse, en la pobreza más pobre, allí donde las miradas académicas y positivistas no se dirigen; para transformar la sociedad el partido político moderno, la organización en sindicatos no deben ser -ni son- las únicas herramientas para el cambio social.

Siendo optimista: en el más puro desconocimiento de la ley hay una legalidad naciente.

Horacio González anota en el prólogo del libro que para el autor "los episodios de bandolerismo protagonizados por Velázquez anticipaban las luchas de los pueblos coloniales y dependientes contra el imperialismo, y -ya sé- hoy no tenemos dónde situar una frase así, derrotada por el contexto al que sólo escapan las frases clásicas o las frases trágicas".

Pero vale su (re)lectura.

Continuando la historia de Isidro, fue finalmente en 1967 que cayó a manos de la policía, emboscado en uno de los caminos que lo llevaban al asalto del Banco Nación, su próximo y ambicioso objetivo. Fue, en ese entonces, el periodismo el encargado de jugarle la mala pasada haciéndole llegar por los diarios que las autoridades creían que su ubicación era otra. Sólo así pudieron derrotarlo, confiado en un aparente fácil triunfo. Poco tiempo antes, el llamado Operativo Silencio, que había contado con 800 efectivos, había sido rebautizado por las gentes del Chaco como Operativo Fracaso.

Velázquez para ese entonces, y como dijimos, era más que un delincuente común. Identificado con el pueblo, su clandestinidad y burlas a la policía -cuentan que dejaba cartas en los sitios donde sabía irían a buscarlo en vano, entre otras cosas- lo habían convertido en un ejemplo peligroso para unos; un símbolo para otros.

Una resistencia.

Tras su captura y muerte el 1° de diciembre de 1967, a pesar de las prohibiciones desfiles populares se sucedieron y la fecha fue convertida en feriado por las autoridades "como un triunfo del orden contra la anarquía y la barbarie". Como una revancha, una venganza o un aviso, el día se convierte en el de la Policía del Chaco.

"Ya no está Isidro Velázquez,
la brigada lo ha alcanzado,
y junto a Vicente Gauna,
hay dos sueños sepultados" 
(El último sapucai, chamamé de Oscar Valles)

Roberto Carri figura entre las páginas del Nunca Más. Fue desaparecido en 1977. El libro Isidro Velázquez, Formas prerevolucionarias de la violencia fue escrito a los apurones, apremiado por el contexto agitado de la época y por el primer aniversario de la muerte de Velázquez, en 1968.

"Las rebeliones espontáneas de sectores del pueblo, formas violentas de protesta que no adoptan manifiestamente un contenido político pero que indudablemente lo tienen".



miércoles, 2 de enero de 2013

La dupla, papá

Uno de los primeros partidos de la dupla: te fuiste por la derecha, pasaste a uno en velocidad y lanzaste una pelota tres dedos, quién lo hubiera dicho, como adivinando o viendo de reojo que yo iba a estar ahí, esperando el balón para enviarlo a la red y poner el 1 a 0 que significaba ponerse 2 a 0 arriba en la promoción para ascender y casi que sentenciar el destino del encuentro. Y sí, efectivamente ahí estaba y de una le di y la pelota pidió red y el arquero nada pudo hacer. Tremendo fue nuestro debut. Prometedor.

El partido después no importa. Se sabe que nos lo empataron y toda la alegría de nuestros goles se esfumó en minutos, pero no importa. La dupla queda, era una señal. Un aviso.

Después seguimos bien, ahí anduvimos. Está claro que vos pusiste la elegancia y yo, bueno, un poco de molestia para los defensores y no mucho más, algo de potencia y trabajo sucio, pero anduvimos, anduvimos. Por momentos. Por ráfagas.



En el campeonato empezamos bien. Contra OSDE, (equipo que saldría campeón, dato importante), ganaríamos el mejor partido del torneo. Me acuerdo perfecto los dos goles que nos dieron el 2 a 0 que por suerte esta vez no pudieron darlo vuelta aunque terminamos sufriendo 2 a 1, como acostumbramos... En el primero, yo bajé hasta el medio, recibí y toqué para el Maxi y este te la tiró a vos que estabas al borde del área acechando. La pelota la retuviste, te quedó picando y le diste fuerte de volea, sin chances para el arquero. Uno a cero y a cobrar. Ya en el segundo tiempo, ellos se venían. Te quedó una en el medio, la línea de defensores adelantada, te la pedí, me la tiraste y me fui, me fui para tocar suave ante la salida del portero que venía a llevarse pelota y jugador y todo lo que necesitase, rodilla y rival, para evitar el gol.

Pero no todo fue triunfo ni pases gol. En otro partido empezamos abajo, jugando mal, sin crear una sóla jugada. Recién en los últimos minutos del partido, extrañamente me fui a jugar de volante por izquierda, mandé al Maxi a acompañarte ahí arriba y sin embargo el gol llegó por nuestro lado. Replegados todos ellos en el área, venías entrando, te la pedí y abriste hacia la izquierda. Ahí le podría haber pegado de una, con cara interna, pero no, deliré unos segundos y por suerte la pelota entró algo sucia pero efectiva al ladito del arquero. Uno a uno y festejo como casi una victoria. Para los que dicen que los empates no se festejan... demostramos que sí, y cómo.

Así que sin derrotas, empezamos peleando bien arriba en la tabla.

En uno de los partidos claves, contra el que en ese momento era el puntero (Las Pastillas...), no llegábamos claros pero estábamos ahí, cerquita. El rival no lastimaba y estábamos bien parados de contra. Se tenía que dar. Ahí me quedó una pelota en el medio, y te la tiré para adelante -mal, es cierto- pero corriste, corriste con furia y estilo para adelante y con un toque suave al segundo palo sentenciaste el 1 a 0 contra el puntero. Nada pudo hacer el arquero, viejo conocido. Gran resultado para el equipo y gran festejo de los muchachos. Y otro de los goles que marcaron el año.

También, cómo no rendir si teníamos a la bestia del Botta ahí cortando todo lo que pasaba por el medio y jugando todo lo que se recuperaba:


Ni que hablar del Maxi, que aportó como es su sana costumbre garra, corazón y claro está, esa zurda mágica que nos dio el campeonato del famoso quinto año.


Y el Sabu que de ocho puso el huevo y el juego que nos venía faltando, esquivando rivales como postes y recibiendo lindas patadas.




Estaba claro desde el principio: si abajo no cometíamos errores, si Pipa en el arco andaba con ganas, si Amaya una sacaba, si el medio ponía lo que había que poner y jugaba lo que había que jugar, si vos presionabas como sabías y yo podía devolver al menos una pelota, el equipo rendía. Y jugaba.



Aún lejos de la punta, con resultados injustos y quizá no tanto fútbol por momentos, finalmente llegó el partido. Goleada 4 a 0 a un rival flojo pero que se mantuvo en la categoría eliminando a uno de los equipos promesas. Las fotos lo dicen todo: control de pelota, juego, toque, centro, cabeza y gol. Fiesta.


No hemos salido campeones, no hemos recibido siquiera medalla, algún reconocimiento, pero el equipo fue un equipo y cuando ganamos fue por eso, más allá de las individualidades que mucho no tenemos. Eso es lo más lindo. Hemos recibido algún que otro codazo,


los años nos han pasado factura,

 
pero la magia, aunque a veces cueste, ahí está: en el equipo, sudor y corazón, unidos en el césped.